Jorge Altamira, actual candidato a diputado nacional del Frente de Izquierda por la ciudad de Buenos Aires, hablando sobre la posición del Partido Obrero en 1982 frente al desembarco militar en las Islas Malvinas resuelto por la dictadura de Galtieri en abril de aquel año. Material por gentileza de "Cartago TV" (Neuquén / Río Negro) - Entrevista de diciembre de 2012.-
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2 de abril de 2013
21 de junio de 2012
Malvinas: CFK lleva a la ONU una oferta británica
Binner y Lozano, ¿apoyan la soberanía compartida?
Cuando la presidenta Cristina Fernández de Kirchner dijo en el Comité de Descolonización de las Naciones Unidas “pedimos dialogar, no estamos pidiendo que nos den la razón”, no buscaba solamente dejar incómodos a los ingleses. Aludió a la negociación, en 1974, entre los británicos y Perón, hacia una soberanía compartida de las Islas Malvinas.
La propuesta de entonces establecía que las banderas de Argentina y el Reino Unido fueran “enarboladas juntas”, que el inglés y el castellano fueran declarados idiomas oficiales y que el gobernador de las islas fuera nombrado alternativamente “por la reina y el presidente de Argentina”. El documento del gobierno inglés pretendía “poner fin a la disputa sobre la soberanía” y “crear una atmósfera favorable dentro de la cual los isleños podrían desarrollarse de acuerdo con sus intereses”. Según el ex embajador Carlos Ortiz de Rosas, receptor del documento, Perón había decidido aceptar la propuesta de la soberanía compartida. Isabel Perón también era favorable a la propuesta inglesa, pero temió que generara fuertes rechazos en el país. Las negociaciones siguieron abiertas después del golpe de 1976 y hasta semanas previas a la guerra; en febrero de 1982 se discutió la posibilidad de un “retroarriendo”, que dejaría la administración de las islas a los ingleses durante una serie de años, para luego ceder la soberanía a la Argentina.
Hace un mes, esta posición fue adelantada por la embajadora argentina en Gran Bretaña, Alicia Castro, durante un coloquio organizado por el London School of Economics (Prensa Obrera N° 1.223). Castro anticipó que había recibido instrucciones del gobierno de Cristina Kirchner para avanzar en un acuerdo sin reparos por la disposición de la Constitución que establece que la soberanía integral sobre Malvinas es “un objetivo permanente e irrenunciable del pueblo argentino”.
La “soberanía compartida” de Malvinas ofrecería protección jurídica a las inversiones internacionales en las islas y a los derechos fiscales de Argentina sobre ellas. Luego de su discurso en la ONU, la presidenta se reunió con los principales monopolios petroleros de Estados Unidos para volver a invitarlos a participar de la exploración petrolera.
La asociación con los grandes monopolios petroleros, como Exxon o Chevrón, tiene una importancia estratégica para conseguir la “soberanía compartida” de las islas, como la tuvo el acercamiento a Barrick Gold para clausurar los diferendos fronterizos con Chile en la Cordillera -que hoy explotan las grandes mineras. Carlos Slim, que acaba de comprar una participación en YPF que estaba en poder de los bancos acreedores de Eskenazi (Ambito, 19/6), ha declarado que sus intereses apuntan a la exploración petrolera en el mar (Cronista, 19/6).
Las palabras de la Presidenta no fueron contradichas por ninguno de los miembros de la oposición que formaron parte de la delegación oficial. Menos que nadie, por Claudio Lozano de la CTA.
Gabriel Solano
Cuando la presidenta Cristina Fernández de Kirchner dijo en el Comité de Descolonización de las Naciones Unidas “pedimos dialogar, no estamos pidiendo que nos den la razón”, no buscaba solamente dejar incómodos a los ingleses. Aludió a la negociación, en 1974, entre los británicos y Perón, hacia una soberanía compartida de las Islas Malvinas.
La propuesta de entonces establecía que las banderas de Argentina y el Reino Unido fueran “enarboladas juntas”, que el inglés y el castellano fueran declarados idiomas oficiales y que el gobernador de las islas fuera nombrado alternativamente “por la reina y el presidente de Argentina”. El documento del gobierno inglés pretendía “poner fin a la disputa sobre la soberanía” y “crear una atmósfera favorable dentro de la cual los isleños podrían desarrollarse de acuerdo con sus intereses”. Según el ex embajador Carlos Ortiz de Rosas, receptor del documento, Perón había decidido aceptar la propuesta de la soberanía compartida. Isabel Perón también era favorable a la propuesta inglesa, pero temió que generara fuertes rechazos en el país. Las negociaciones siguieron abiertas después del golpe de 1976 y hasta semanas previas a la guerra; en febrero de 1982 se discutió la posibilidad de un “retroarriendo”, que dejaría la administración de las islas a los ingleses durante una serie de años, para luego ceder la soberanía a la Argentina.
Hace un mes, esta posición fue adelantada por la embajadora argentina en Gran Bretaña, Alicia Castro, durante un coloquio organizado por el London School of Economics (Prensa Obrera N° 1.223). Castro anticipó que había recibido instrucciones del gobierno de Cristina Kirchner para avanzar en un acuerdo sin reparos por la disposición de la Constitución que establece que la soberanía integral sobre Malvinas es “un objetivo permanente e irrenunciable del pueblo argentino”.
La “soberanía compartida” de Malvinas ofrecería protección jurídica a las inversiones internacionales en las islas y a los derechos fiscales de Argentina sobre ellas. Luego de su discurso en la ONU, la presidenta se reunió con los principales monopolios petroleros de Estados Unidos para volver a invitarlos a participar de la exploración petrolera.
La asociación con los grandes monopolios petroleros, como Exxon o Chevrón, tiene una importancia estratégica para conseguir la “soberanía compartida” de las islas, como la tuvo el acercamiento a Barrick Gold para clausurar los diferendos fronterizos con Chile en la Cordillera -que hoy explotan las grandes mineras. Carlos Slim, que acaba de comprar una participación en YPF que estaba en poder de los bancos acreedores de Eskenazi (Ambito, 19/6), ha declarado que sus intereses apuntan a la exploración petrolera en el mar (Cronista, 19/6).
Las palabras de la Presidenta no fueron contradichas por ninguno de los miembros de la oposición que formaron parte de la delegación oficial. Menos que nadie, por Claudio Lozano de la CTA.
Gabriel Solano
24 de mayo de 2012
Alicia Castro anuncia la entrega de Malvinas
La mayor parte de los diarios informaron acerca de un “coloquio” que tuvo lugar el viernes pasado en el London School of Economics. Pero solamente La Nación dio a conocer la afirmación extraordinaria que efectuó la embajadora argentina en Gran Bretaña, Alicia Castro, de que Argentina está dispuesta a modificar la Constitución Nacional para llegar a un acuerdo que pueda ser aceptado por los ingleses sobre Malvinas. Los diarios del oficialismo ocultaron en forma miserable la información. “Cuando hay negociaciones y se firman tratados internacionales -dijo Castro-, los países involucrados modifican su legislación doméstica para incorporarlos. La Argentina está dispuesta a hacerlo”. Este compromiso político sin precedentes fue la respuesta de la embajadora a la objeción el ex embajador británico en Argentina, John Hughes, que había señalado la valla insalvable para un acuerdo que significaba la disposición constitucional que establece que la recuperación de Malvinas es “un objetivo permanente e irrenunciable del pueblo argentino”. Como lo hemos escrito en forma reiterada en estas páginas, los K están operando para llegar a un régimen transitorio prolongado de ‘soberanía compartida’ con Gran Bretaña, que asegure, en especial, la protección de las inversiones internacionales (inglesas) en el círculo marítimo de las islas, o sea petróleo y pesca. Cuando en Argentina se ventila la posibilidad de reformar la Constitución para habilitar re-reelecciones, nos enteramos que los K tienen en mente, además, eliminar la cláusula acerca del carácter “irrenunciable” de la soberanía nacional. Los medios de comunicación de Argentina no avanzaron en el desarrollo de esta declaración sin precedentes, ni los oficialistas ni los opositores. Lo anunciado en Londres es, sin embargo, lo más importante de todo lo ocurrido en una semana política que fue abundante en conflictos económicos, políticos y sindicales.
Alicia Castro fue tan lejos en el compromiso de abandonar la defensa incondicional de la soberanía nacional, que respondió con un “no estoy aquí para especular”, a la pregunta de un funcionario inglés sobre si “la Argentina contempla en teoría un proceso de negociación que pueda terminar en algo que no sea la cesión de soberanía”. Para justificar la falta de una respuesta negativa rotunda, la embajadora añadió: “Como todo diplomático, yo sigo órdenes. A mí me han dado instrucciones para que diga que queremos abrir el diálogo”. Las órdenes que recibió Castro, como se ve, son la posibilidad de “terminar en algo que no sea la cesión de soberanía” de Malvinas a la República Argentina.
Los K eligieron para emprender esta trapisonda a una militante chavista, para añadir una cuota de cinismo a esta operación diplomática entreguista. Alicia Castro fue embajadora de Argentina en Caracas durante casi una década. Es la vieja táctica de poner el guiño a la izquierda y doblar a la derecha.
Jorge Altamira
Alicia Castro fue tan lejos en el compromiso de abandonar la defensa incondicional de la soberanía nacional, que respondió con un “no estoy aquí para especular”, a la pregunta de un funcionario inglés sobre si “la Argentina contempla en teoría un proceso de negociación que pueda terminar en algo que no sea la cesión de soberanía”. Para justificar la falta de una respuesta negativa rotunda, la embajadora añadió: “Como todo diplomático, yo sigo órdenes. A mí me han dado instrucciones para que diga que queremos abrir el diálogo”. Las órdenes que recibió Castro, como se ve, son la posibilidad de “terminar en algo que no sea la cesión de soberanía” de Malvinas a la República Argentina.
Los K eligieron para emprender esta trapisonda a una militante chavista, para añadir una cuota de cinismo a esta operación diplomática entreguista. Alicia Castro fue embajadora de Argentina en Caracas durante casi una década. Es la vieja táctica de poner el guiño a la izquierda y doblar a la derecha.
Jorge Altamira
12 de abril de 2012
Golfo de México, costas brasileñas, Mar del Norte y Malvinas: British Petroleum, Transocean, Total
A inicios de febrero, periodistas enviados por Clarín fueron a Malvinas y entrevistaron a varios funcionarios. Entre ellos al encargado de Recursos Minerales en las islas, un breve extracto del video que incluye es el que sigue:Periodista: ¿cómo pueden asegurar un buen plan de conservación cuando hemos visto derrames como los de British Petroleum?Stephen Luxton: Obviamente, se refiere al derrame en el Golfo de México, pero aquí trabajamos con los estandares británicos del Mar del Norte que, como todo el mundo sabe, son los más seguros del mundo. Creemos que esos criterios servirán a nuestros propósitos.
La explotación submarina
En la misma nota se relatan las operaciones “de producción de crudo” “‘costas afuera’”, con los barcos-tanques en alta mar y con el crudo sin tocar las islas. Lo que buscamos es minimizar el impacto en la costa. Decididamente no queremos una refinería en las islas, sentenció Luxton en sus oficinas (Clarín, 9 febrero).
El funcionario no dice cómo hará para controlar los perjuicios al medio ambiente ni sus recursos para esa tarea. El derrame del Golfo de México puso al descubierto que el gobierno de Obama no tenía medios de control ni supervisión de la explotación submarina. “Fue el daño ecológico mas importante en la historia de las explotaciones submarinas, la filtración volcaba al mar 60 mil barriles de petróleo por día”. En las últimas semanas se ha producido un derrame colosal de la francesa Total en el Mar del Norte.
Durante noviembre pasado, otro derrame se produjo frente a Río de Janeiro, de la empresa Transocean, ahora contratada por Chevron. El derrame es de 3.000 barriles por día, “una pequeña fracción” de la pérdida del Golfo de México, “Pero el gobierno de Brasil ha reaccionado enérgicamente ante el derrame multando a Chevron y su contratista Transocean en 11.000 millones de dólares” (Financial Times, 18/3).
La producción de la plataforma se detuvo y 17 ejecutivos de Chevron, entre ellos su presidente, no pueden abandonar Brasil y enfrentan severos cargos, y la posibilidad de prisión. Las fanfarrias de los gigantescos yacimientos submarinos de Brasil, han quedado en el limbo. Un derrame sobre las playas de Copacabana sería un desastre “ecológico” que ‘Dilma’ no parece dispuesta a tolerar.
Mar del Norte
A mediados de marzo se incendió una plataforma submarina de Total que opera en Elgin, en el Mar del Norte, sus trabajadores fueron evacuados, y el derrame, en este caso de gas, se mantiene encendido, fuera de control y con posibilidades de explosión. Las acciones de Total en la Bolsa de París se hundieron. Está gastando un millón de dólares por día para responder a la pérdida, y “perdiendo 1,5 millones de dólares -o el equivalente a 60.000 barriles al día- en producción pérdida de su pozo de Elgin-Franklin, que representa el 2% de la producción total de la empresa” (Wall Street Journal, 28 marzo).
Pocos días después se informó que la pérdida asciende a 2,5 millones de dólares diarios (ídem, 2/4), lo que serían 100.000 barriles diarios superando en 50% el derrame del Golfo de México.
La conversión de las costas afuera de Malvinas entraña un colosal peligro ecológico para Argentina.
Oscar Cantón
La explotación submarina
En la misma nota se relatan las operaciones “de producción de crudo” “‘costas afuera’”, con los barcos-tanques en alta mar y con el crudo sin tocar las islas. Lo que buscamos es minimizar el impacto en la costa. Decididamente no queremos una refinería en las islas, sentenció Luxton en sus oficinas (Clarín, 9 febrero).
El funcionario no dice cómo hará para controlar los perjuicios al medio ambiente ni sus recursos para esa tarea. El derrame del Golfo de México puso al descubierto que el gobierno de Obama no tenía medios de control ni supervisión de la explotación submarina. “Fue el daño ecológico mas importante en la historia de las explotaciones submarinas, la filtración volcaba al mar 60 mil barriles de petróleo por día”. En las últimas semanas se ha producido un derrame colosal de la francesa Total en el Mar del Norte.
Durante noviembre pasado, otro derrame se produjo frente a Río de Janeiro, de la empresa Transocean, ahora contratada por Chevron. El derrame es de 3.000 barriles por día, “una pequeña fracción” de la pérdida del Golfo de México, “Pero el gobierno de Brasil ha reaccionado enérgicamente ante el derrame multando a Chevron y su contratista Transocean en 11.000 millones de dólares” (Financial Times, 18/3).
La producción de la plataforma se detuvo y 17 ejecutivos de Chevron, entre ellos su presidente, no pueden abandonar Brasil y enfrentan severos cargos, y la posibilidad de prisión. Las fanfarrias de los gigantescos yacimientos submarinos de Brasil, han quedado en el limbo. Un derrame sobre las playas de Copacabana sería un desastre “ecológico” que ‘Dilma’ no parece dispuesta a tolerar.
Mar del Norte
A mediados de marzo se incendió una plataforma submarina de Total que opera en Elgin, en el Mar del Norte, sus trabajadores fueron evacuados, y el derrame, en este caso de gas, se mantiene encendido, fuera de control y con posibilidades de explosión. Las acciones de Total en la Bolsa de París se hundieron. Está gastando un millón de dólares por día para responder a la pérdida, y “perdiendo 1,5 millones de dólares -o el equivalente a 60.000 barriles al día- en producción pérdida de su pozo de Elgin-Franklin, que representa el 2% de la producción total de la empresa” (Wall Street Journal, 28 marzo).
Pocos días después se informó que la pérdida asciende a 2,5 millones de dólares diarios (ídem, 2/4), lo que serían 100.000 barriles diarios superando en 50% el derrame del Golfo de México.
La conversión de las costas afuera de Malvinas entraña un colosal peligro ecológico para Argentina.
Oscar Cantón
La guerra y la política
En un artículo publicado en Clarín (31/3), Rosendo Fraga se refiere al documental “The Great Falklands Gamble: Revealed”, dirigido por Mark Fielder y emitido por Channel 5 en Londres. “Su tesis central -dice Fraga- es que Argentina pudo haber ganado la guerra y que si no lo hizo fue por una combinación de mala suerte y una artillería y munición con fallas”.
No se trató, por cierto, de una desgracia azarosa ni simplemente de munición fallida. En una entrevista con la periodista Oriana Fallaci, poco después de la guerra, Leopoldo Galtieri admitió que en modo alguno él esperaba una respuesta militar inglesa a la ocupación de las Malvinas, y que no la esperó ni siquiera cuando la flota estaba en camino. En otras palabras: la ocupación no fue un acto de guerra sino una bravuconada, un apriete a quien no podía dejarse apretar.
El objetivo de la ocupación no era otro que elevar el ‘status’ regional de la Argentina, como potencia secundona del imperialismo, y darles a las fuerzas armadas un lugar de mayor relevancia en la alianza militar de las grandes potencias. Objetivo reaccionario, si los hay. Cuando la guerra llegó, encontró al bando argentino sumido en la mayor imprevisión. Por eso la “mala suerte” y por eso las municiones fallidas, entre otras calamidades.
Pero vamos al argumento más importante de Fraga, un hombre que hasta hoy defiende a la dictadura instaurada en 1976. Fraga dice: “De haber tenido los argentinos más éxitos tácticos es posible que la guerra se hubiera prolongado, pero no tenido un final distinto. La primera razón de ello es que hubiera entrado en juego la credibilidad de la Otan”.
¿Podían “llegar más lejos”?
En efecto, como dice Fraga, la alianza militar imperialista no podía tolerar la derrota inglesa y por eso Washington respaldó a Thatcher con armas, logística e inteligencia, además de presionar a los militares argentinos con todo el peso de su diplomacia. Por eso, además, Estados Unidos forzó en la ONU la Resolución 502, dictada al día siguiente de la ocupación, que conminaba a la Argentina a retirar sus tropas de las Malvinas (la Unión Soviética no vetó esa resolución/amenaza).
Por eso, también, llegaron a pensar en la opción nuclear. Dos años después de la guerra, el Partido Laborista inglés le exigió a Thatcher que informara si era cierto que había un plan de contingencia para arrojar una bomba nuclear táctica sobre Córdoba si las cosas del conflicto iban decididamente mal. Thatcher lo negó, pero su flota traía armamento nuclear y, como recordamos en un número anterior de Prensa Obrera, el jefe de operaciones anfibias de la Task Force, comodoro Michael Clapp, dijo que si la aviación argentina lograba expulsar a los portaaviones ingleses fuera de la zona de combate -cosa que estuvo a punto de ocurrir, y posiblemente ocurrió con uno de ellos- “toda la operación se hubiera arruinado por completo” y, en tal caso, “tendríamos que haber llegado más lejos (…) no sé si llegábamos a la opción nuclear, no estoy seguro, pero lo cierto es que hubiéramos tomado medidas muy drásticas”. Ahora bien: lo que ignoran esos argumentos puramente militaristas es el aspecto político, el más importante de la cuestión.
El entonces presidente norteamericano, Ronald Reagan, conocía bien esa arista del asunto. Al ser informado de los planes de Thatcher para producir un ataque en territorio continental argentino, Reagan le dijo a la primera ministra que una acción de ese tipo crearía una crisis política en toda la región. Thatcher no hizo caso a la observación y ordenó que un comando de las SAS, sus fuerzas especiales, atacara la base de los Super Etendard argentinos en Río Grande, Tierra del Fuego. La operación falló y el helicóptero de los SAS cayó en Agua Fresca, territorio chileno, donde la dictadura de Augusto Pinochet les había dado una base de operaciones (nota al margen: sólo eso prueba las razones del reclamo de los soldados que actuaron en el teatro de operaciones continental).
Aquel “llegar más lejos” del comodoro Clapp, aun sin bombas atómicas, tal vez era posible sobre la mesa de arena, en el plano puramente militar. Pero no existe un plano puramente militar: es la política la que empuja las acciones bélicas y también la que le pone límites.
Fraga, en definitiva, se equivoca. Si la guerra hubiera obligado al imperialismo a considerar una acción militar extraordinaria contra Argentina, se habría visto enfrentado, al mismo tiempo, a una conmoción mundial, incluso a situaciones revolucionarias en diversos países, en especial en América Latina, según la prolongación que hubiera tenido la guerra, y hasta una reacción de una parte de la base de los ejércitos de América Latina, que de ningún modo hubieran quedado inmunes al impacto. Fraga comete dos errores ‘clásicos’: el primero es desconocer el factor tiempo en la historia y en una crisis mundial en particular, el cual altera el escenario que imaginaron los protagonistas. El segundo error es partir de que nada puede ocurrir que ponga en cuestión la dominación del imperialismo. Olvida, por ejemplo, que los Estados invasores tuvieron que abandonar Rusia, en 1920, para evitar una crisis mayor de los Estados imperialistas en la primera posguerra; permitir la ocupación de Europa del Este por la ex URSS y la victoria de la revolución china; y lo mismo tuvo que hacer el tándem Nixon-Kissinger en la guerra de Vietnam.
La relevancia del debate sobre la posibilidad de una victoria de Argentina en la guerra que se libró hace treinta años, no gira en torno a la capacidad de un Galtieri, nula, sino a la capacidad de una nación oprimida de desembarazarse del imperialismo.
A.G. y J. A.
No se trató, por cierto, de una desgracia azarosa ni simplemente de munición fallida. En una entrevista con la periodista Oriana Fallaci, poco después de la guerra, Leopoldo Galtieri admitió que en modo alguno él esperaba una respuesta militar inglesa a la ocupación de las Malvinas, y que no la esperó ni siquiera cuando la flota estaba en camino. En otras palabras: la ocupación no fue un acto de guerra sino una bravuconada, un apriete a quien no podía dejarse apretar.
El objetivo de la ocupación no era otro que elevar el ‘status’ regional de la Argentina, como potencia secundona del imperialismo, y darles a las fuerzas armadas un lugar de mayor relevancia en la alianza militar de las grandes potencias. Objetivo reaccionario, si los hay. Cuando la guerra llegó, encontró al bando argentino sumido en la mayor imprevisión. Por eso la “mala suerte” y por eso las municiones fallidas, entre otras calamidades.
Pero vamos al argumento más importante de Fraga, un hombre que hasta hoy defiende a la dictadura instaurada en 1976. Fraga dice: “De haber tenido los argentinos más éxitos tácticos es posible que la guerra se hubiera prolongado, pero no tenido un final distinto. La primera razón de ello es que hubiera entrado en juego la credibilidad de la Otan”.
¿Podían “llegar más lejos”?
En efecto, como dice Fraga, la alianza militar imperialista no podía tolerar la derrota inglesa y por eso Washington respaldó a Thatcher con armas, logística e inteligencia, además de presionar a los militares argentinos con todo el peso de su diplomacia. Por eso, además, Estados Unidos forzó en la ONU la Resolución 502, dictada al día siguiente de la ocupación, que conminaba a la Argentina a retirar sus tropas de las Malvinas (la Unión Soviética no vetó esa resolución/amenaza).
Por eso, también, llegaron a pensar en la opción nuclear. Dos años después de la guerra, el Partido Laborista inglés le exigió a Thatcher que informara si era cierto que había un plan de contingencia para arrojar una bomba nuclear táctica sobre Córdoba si las cosas del conflicto iban decididamente mal. Thatcher lo negó, pero su flota traía armamento nuclear y, como recordamos en un número anterior de Prensa Obrera, el jefe de operaciones anfibias de la Task Force, comodoro Michael Clapp, dijo que si la aviación argentina lograba expulsar a los portaaviones ingleses fuera de la zona de combate -cosa que estuvo a punto de ocurrir, y posiblemente ocurrió con uno de ellos- “toda la operación se hubiera arruinado por completo” y, en tal caso, “tendríamos que haber llegado más lejos (…) no sé si llegábamos a la opción nuclear, no estoy seguro, pero lo cierto es que hubiéramos tomado medidas muy drásticas”. Ahora bien: lo que ignoran esos argumentos puramente militaristas es el aspecto político, el más importante de la cuestión.
El entonces presidente norteamericano, Ronald Reagan, conocía bien esa arista del asunto. Al ser informado de los planes de Thatcher para producir un ataque en territorio continental argentino, Reagan le dijo a la primera ministra que una acción de ese tipo crearía una crisis política en toda la región. Thatcher no hizo caso a la observación y ordenó que un comando de las SAS, sus fuerzas especiales, atacara la base de los Super Etendard argentinos en Río Grande, Tierra del Fuego. La operación falló y el helicóptero de los SAS cayó en Agua Fresca, territorio chileno, donde la dictadura de Augusto Pinochet les había dado una base de operaciones (nota al margen: sólo eso prueba las razones del reclamo de los soldados que actuaron en el teatro de operaciones continental).
Aquel “llegar más lejos” del comodoro Clapp, aun sin bombas atómicas, tal vez era posible sobre la mesa de arena, en el plano puramente militar. Pero no existe un plano puramente militar: es la política la que empuja las acciones bélicas y también la que le pone límites.
Fraga, en definitiva, se equivoca. Si la guerra hubiera obligado al imperialismo a considerar una acción militar extraordinaria contra Argentina, se habría visto enfrentado, al mismo tiempo, a una conmoción mundial, incluso a situaciones revolucionarias en diversos países, en especial en América Latina, según la prolongación que hubiera tenido la guerra, y hasta una reacción de una parte de la base de los ejércitos de América Latina, que de ningún modo hubieran quedado inmunes al impacto. Fraga comete dos errores ‘clásicos’: el primero es desconocer el factor tiempo en la historia y en una crisis mundial en particular, el cual altera el escenario que imaginaron los protagonistas. El segundo error es partir de que nada puede ocurrir que ponga en cuestión la dominación del imperialismo. Olvida, por ejemplo, que los Estados invasores tuvieron que abandonar Rusia, en 1920, para evitar una crisis mayor de los Estados imperialistas en la primera posguerra; permitir la ocupación de Europa del Este por la ex URSS y la victoria de la revolución china; y lo mismo tuvo que hacer el tándem Nixon-Kissinger en la guerra de Vietnam.
La relevancia del debate sobre la posibilidad de una victoria de Argentina en la guerra que se libró hace treinta años, no gira en torno a la capacidad de un Galtieri, nula, sino a la capacidad de una nación oprimida de desembarazarse del imperialismo.
A.G. y J. A.
5 de abril de 2012
Altamira habla en el acto por Malvinas
Intervención de Jorge Altamira frente a la Embajada Británica en Buenos Aires, el pasado 2 de abril, en el marco del acto conjunto del PO y el PTS, en el Frente de Izquierda, convocado bajo las consignas "Fuera el imperialismo de Malvinas y del continente" y "Por la Unidad Socialista de América Latina".
29 de marzo de 2012
En Londres diseñan la futura ‘soberanía’ de Malvinas
Uno de los ocho consejeros que integran la asamblea legislativa de las Islas Malvinas declaró al enviado de El Cronista: “Vamos a invitar a las empresas argentinas a que vengan a invertir en la exploración de petróleo. No hay ningún impedimento legal para hacerlo. Las necesitamos” (16/3). Pero aclaró: “hasta que Argentina no nos reconozca como una nación soberana, democrática e independiente no vamos a sentarnos a dialogar” (ídem).
The Economist plantea que “Un liderazgo argentino más maduro debería considerar la explotación de petróleo en las Falklands como una oportunidad económica, no política. Argentina podría ser la mayor base continental para la industria petrolera de las Islas (…) Una Argentina amigable podría obtener grandes beneficios de la cooperación con sus vecinos sudamericanos. Y el petróleo podría constituir una base económica para que los falklanders se declaren independientes, algo a lo que Gran Bretaña seguramente no se opondría” (25/2/10).
“Un liderazgo argentino más maduro” es precisamente la condición que pone Gran Bretaña, aunque ya tuvo ese gobierno bajo el mandato de Menem. La concesión velada del gran semanario británico es que admitiría la independencia política de Malvinas, las que hoy tienen un autogobierno bajo soberanía británica. The Economist está diciendo que la independencia podría ser una transición hacia otra forma de integración política, como la de Hong Kong con China y hasta la de Puerto Rico con Estados Unidos. Por boca de los principales voceros del capital financiero internacional, la autonomía nacional de ‘los isleños’ -a quienes han estado defendiendo liberales y supuestos izquierdista- se identificaría, oportunamente, con sus intereses principales. Las petroleras necesitan, después de todo, un vínculo con el territorio continental de Argentina, una normalización de relaciones políticas con los países de Sudamérica y -por último, pero no menos fundamental- salir del conflicto que les crea a las petroleras que explotan esa zona la imposibilidad de hacerlo en las aguas continentales y el territorio de Argentina.
Lo descripto es también la posición del gobierno de Obama, el cual volvió a aclarar que “no tiene ninguna posición sobre las pretensiones de soberanía de ninguna de las dos partes” y pide “una resolución pacífica” (Clarín, 17/3). Timmerman saludó la posición norteamericana.
Es la posición también de la burguesía argentina, como lo explicitó Montamat, uno de sus voceros: “bajo el paraguas de la soberanía, las negociaciones deberían orientarse a la discusión de la renta del petróleo que puede extraerse de la zona del conflicto. La dificultad logística que impone la restricción argentina (si ésta no ofrece su territorio como base de operaciones de la industria) afecta los costos y disminuye la renta (diferencia entre precios y costos) por barril explotado” (Clarín, 29/2).
Los ritmos
Según algunos informes, la expansión de los negocios petroleros en la plataforma del Atlántico Sur estaría dejando de ser sólo una perspectiva. El gobierno británico ha confirmado el hallazgo de crudo en Sea Lion, en la cuenca norte de Malvinas y ha anunciado el inicio de la explotación en regla dentro de los próximos 24 meses. Una vez más -según El Cronista- centenares de profesionales desembarcan en las islas, en las que se está produciendo un acelerado desarrollo inmobiliario, financiado por las petroleras. “Las estimaciones que se manejan en Malvinas muestran que la firma a cargo de la explotación podría extraer mucho más que los 1.200 millones de barriles estimados en un comienzo, ya que posteriormente han declarado otros yacimientos productivos” (16/3). Las expectativas están puestas ahora en la exploración en el flanco sur del archipiélago, a cargo de la Falkland Oil, la cual acaba de hacer una emisión récord de acciones en la Bolsa de Londres. La administración de las Islas ha planteado la constitución de un fondo con las ganancias de los pozos con explotación confirmada, cuyo piso -al día de hoy- estaría en los 10.000 millones de dólares: una caja fiscal inmensa y apetecida.
Aunque lucen diferentes, la cuestión de Malvinas se liga a la crisis del gobierno con Repsol, que hasta ahora hubiera debido ser la carta de los K en cualquier negociación para ingresar a las operaciones petroleras costas afueras de Malvinas. ¿Acaso el gobierno pretende pseudo-estatizar YPF para incorporar a los capitalistas K en el negocio petrolero nacional -e incluso a chinos y algún grupo ruso- para convertirlos en los protagonistas de una negociación sobre la soberanía del conjunto del archipiélago que, en definitiva, no sería otra cosa que un reparto de áreas petroleras y gasíferas? Por esto mismo, sin embargo, un acuerdo de los K con Repsol es inevitable, toda vez que ésta es una operadora de los fondos de inversión anglo-yanquis y porque se encuentra asociada, en diversos territorios, con sus rivales de distintas ‘nacionalidades’.
La conmemoración del 2 de abril es la pantalla de una burguesía que se ha acordado de sus ‘deberes nacionales’ muy raramente -y siempre en forma episódica, para negociar mejores tajadas en sus negocios.
Juan Carlos Crespo
The Economist plantea que “Un liderazgo argentino más maduro debería considerar la explotación de petróleo en las Falklands como una oportunidad económica, no política. Argentina podría ser la mayor base continental para la industria petrolera de las Islas (…) Una Argentina amigable podría obtener grandes beneficios de la cooperación con sus vecinos sudamericanos. Y el petróleo podría constituir una base económica para que los falklanders se declaren independientes, algo a lo que Gran Bretaña seguramente no se opondría” (25/2/10).
“Un liderazgo argentino más maduro” es precisamente la condición que pone Gran Bretaña, aunque ya tuvo ese gobierno bajo el mandato de Menem. La concesión velada del gran semanario británico es que admitiría la independencia política de Malvinas, las que hoy tienen un autogobierno bajo soberanía británica. The Economist está diciendo que la independencia podría ser una transición hacia otra forma de integración política, como la de Hong Kong con China y hasta la de Puerto Rico con Estados Unidos. Por boca de los principales voceros del capital financiero internacional, la autonomía nacional de ‘los isleños’ -a quienes han estado defendiendo liberales y supuestos izquierdista- se identificaría, oportunamente, con sus intereses principales. Las petroleras necesitan, después de todo, un vínculo con el territorio continental de Argentina, una normalización de relaciones políticas con los países de Sudamérica y -por último, pero no menos fundamental- salir del conflicto que les crea a las petroleras que explotan esa zona la imposibilidad de hacerlo en las aguas continentales y el territorio de Argentina.
Lo descripto es también la posición del gobierno de Obama, el cual volvió a aclarar que “no tiene ninguna posición sobre las pretensiones de soberanía de ninguna de las dos partes” y pide “una resolución pacífica” (Clarín, 17/3). Timmerman saludó la posición norteamericana.
Es la posición también de la burguesía argentina, como lo explicitó Montamat, uno de sus voceros: “bajo el paraguas de la soberanía, las negociaciones deberían orientarse a la discusión de la renta del petróleo que puede extraerse de la zona del conflicto. La dificultad logística que impone la restricción argentina (si ésta no ofrece su territorio como base de operaciones de la industria) afecta los costos y disminuye la renta (diferencia entre precios y costos) por barril explotado” (Clarín, 29/2).
Los ritmos
Según algunos informes, la expansión de los negocios petroleros en la plataforma del Atlántico Sur estaría dejando de ser sólo una perspectiva. El gobierno británico ha confirmado el hallazgo de crudo en Sea Lion, en la cuenca norte de Malvinas y ha anunciado el inicio de la explotación en regla dentro de los próximos 24 meses. Una vez más -según El Cronista- centenares de profesionales desembarcan en las islas, en las que se está produciendo un acelerado desarrollo inmobiliario, financiado por las petroleras. “Las estimaciones que se manejan en Malvinas muestran que la firma a cargo de la explotación podría extraer mucho más que los 1.200 millones de barriles estimados en un comienzo, ya que posteriormente han declarado otros yacimientos productivos” (16/3). Las expectativas están puestas ahora en la exploración en el flanco sur del archipiélago, a cargo de la Falkland Oil, la cual acaba de hacer una emisión récord de acciones en la Bolsa de Londres. La administración de las Islas ha planteado la constitución de un fondo con las ganancias de los pozos con explotación confirmada, cuyo piso -al día de hoy- estaría en los 10.000 millones de dólares: una caja fiscal inmensa y apetecida.
Aunque lucen diferentes, la cuestión de Malvinas se liga a la crisis del gobierno con Repsol, que hasta ahora hubiera debido ser la carta de los K en cualquier negociación para ingresar a las operaciones petroleras costas afueras de Malvinas. ¿Acaso el gobierno pretende pseudo-estatizar YPF para incorporar a los capitalistas K en el negocio petrolero nacional -e incluso a chinos y algún grupo ruso- para convertirlos en los protagonistas de una negociación sobre la soberanía del conjunto del archipiélago que, en definitiva, no sería otra cosa que un reparto de áreas petroleras y gasíferas? Por esto mismo, sin embargo, un acuerdo de los K con Repsol es inevitable, toda vez que ésta es una operadora de los fondos de inversión anglo-yanquis y porque se encuentra asociada, en diversos territorios, con sus rivales de distintas ‘nacionalidades’.
La conmemoración del 2 de abril es la pantalla de una burguesía que se ha acordado de sus ‘deberes nacionales’ muy raramente -y siempre en forma episódica, para negociar mejores tajadas en sus negocios.
Juan Carlos Crespo
8 de marzo de 2012
Repensando Malvinas
Uno de los recules más llamativos del discurso presidencial fue en relación con Malvinas: CFK dijo haber "repensado la cuestión", curiosamente el único caso en que ‘revisó' sus ideas. En lugar de bloquear cruceros con turistas ofreció tres vuelos semanales de Aerolíneas Argentinas; retornó a la "seducción a los isleños" de Menem. El planteo está más en conformidad con la solicitada de Beatriz Sarlo, Luis Alberto Romero y Abel Posse que con los próceres de Carta Abierta. El ‘relato' se cae a pedazos.
La cosa, sin embargo, no gustó a la "rubia Albion", porque, claro, el beneficio crea dependencia; los ingleses prefieren a Chile y a Lan. Para aceptar el convite, los K tendrán que ofrecer más. Sea como fuere, estas idas y vueltas le crean al gobierno un verdadero trastorno: ¿con qué discurso conmemorará el 2 de abril? ¿o el aniversario será dejado para el 10 junio, la fecha de la derrota? Otra cosa curiosa es que el canciller ha perdido su vocación de parlanchín, y no se deja ver mucho. Los ‘isleños' tampoco confían en una compañía manejada por La Cámpora, cuyas acciones siguen en poder de Marsans y que confiesa, a los habitantes de islas rodeadas de petróleo, que no puede pagar combustibles a precios internacionales.
Más importante que todo esto es el pronunciamiento de la Unión Europea (UE) en apoyo a Gran Bretaña, que ratifica la soberanía sobre Malvinas de la mismísima UE, que los ingleses integran. De modo que, mientras ‘los intelectuales que supimos conseguir' se devanean los sesos para convertir a ‘los isleños' en "sujeto de derecho" de un Estado que no desean, aparece un tercer actor en el asunto: la patria de Merkel y Sarkozy. ‘Los isleños' prefieren ser, no ya ‘sujetos' sino súbditos de la libra y del euro, antes que de una moneda acuñada en ‘Falklands' -no digamos del peso argentino.
Los mensajes de la UE a la Casa Rosada tienen un costado que no se puede menospreciar. Las cancillerías imperialistas se encuentran ahora mismo elaborando un ataque militar a las instalaciones nucleares en Irán. No apreciarían para nada que en otro confín se distrajeran los esfuerzos militares y políticos para esta empresa. Es muy probable que la Presidenta haya sido estimulada a ‘repensar' en algo que no se le había ocurrido.
El Congreso aplaudió a rabiar el ‘lance' de la Presidenta con AA para las ‘Faklands', en una resonante ratificación de idiotismo parlamentario.
J. A.
La cosa, sin embargo, no gustó a la "rubia Albion", porque, claro, el beneficio crea dependencia; los ingleses prefieren a Chile y a Lan. Para aceptar el convite, los K tendrán que ofrecer más. Sea como fuere, estas idas y vueltas le crean al gobierno un verdadero trastorno: ¿con qué discurso conmemorará el 2 de abril? ¿o el aniversario será dejado para el 10 junio, la fecha de la derrota? Otra cosa curiosa es que el canciller ha perdido su vocación de parlanchín, y no se deja ver mucho. Los ‘isleños' tampoco confían en una compañía manejada por La Cámpora, cuyas acciones siguen en poder de Marsans y que confiesa, a los habitantes de islas rodeadas de petróleo, que no puede pagar combustibles a precios internacionales.
Más importante que todo esto es el pronunciamiento de la Unión Europea (UE) en apoyo a Gran Bretaña, que ratifica la soberanía sobre Malvinas de la mismísima UE, que los ingleses integran. De modo que, mientras ‘los intelectuales que supimos conseguir' se devanean los sesos para convertir a ‘los isleños' en "sujeto de derecho" de un Estado que no desean, aparece un tercer actor en el asunto: la patria de Merkel y Sarkozy. ‘Los isleños' prefieren ser, no ya ‘sujetos' sino súbditos de la libra y del euro, antes que de una moneda acuñada en ‘Falklands' -no digamos del peso argentino.
Los mensajes de la UE a la Casa Rosada tienen un costado que no se puede menospreciar. Las cancillerías imperialistas se encuentran ahora mismo elaborando un ataque militar a las instalaciones nucleares en Irán. No apreciarían para nada que en otro confín se distrajeran los esfuerzos militares y políticos para esta empresa. Es muy probable que la Presidenta haya sido estimulada a ‘repensar' en algo que no se le había ocurrido.
El Congreso aplaudió a rabiar el ‘lance' de la Presidenta con AA para las ‘Faklands', en una resonante ratificación de idiotismo parlamentario.
J. A.
1 de marzo de 2012
Un relato pseudoliberal sobre Malvinas
Un grupo de 17 intelectuales ha dado a conocer un "documento" sobre Malvinas que tiene la pretensión de ser una "visión alternativa", o sea un nuevo relato. Los pilares de esta narración opcional son la negación de un derecho de soberanía de Argentina sobre el archipiélago y la defensa del derecho de autodeterminación de "los isleños". Repite un discurso de tipo mitrista: no importa el territorio si ganamos en democracia, Argentina es ya bastante extensa. La conclusión fundamental de la declaración es que el nacionalismo de ambas partes, Gran Bretaña y Argentina, destruye las posibilidades de un desarrollo nacional pacífico y democrático.
Las contradicciones del documento son insuperables en naturaleza y en número. Reivindica una "autodeterminación de los isleños", que deberían reclamar al Reino Unido, que es la potencia ocupante, no a Argentina, y que antes debería ser esgrimida por "los isleños", lo que no es el caso, y no por intelectuales del microcentro porteño. Dice que Argentina debe su existencia al principio de ‘autodeterminación nacional', no a una reivindicación territorial, como si las fronteras nacionales hubieran sido fijadas por medio de un voto libre y no de guerras, revoluciones y una intervención decisiva de las oligarquías locales y del capital comercial inglés. "La historia no vuelve atrás", asegura Beatriz Sarlo en el diario El País (28/2), para impugnar una recuperación de Malvinas, sin percatarse que del mismo modo debería denunciar el reclamo de autodeterminación nacional de Escocia, la unidad republicana de Irlanda o la devolución de Guantánamo a Cuba.
Los firmantes sienten que pisan suelo seguro cuando reclaman para ¨los isleños¨ la condición de "sujetos de derecho". ¡Pero lo son, efectivamente! , en calidad de ciudadanos británicos; están protegidos jurídicamente por la Reina de Inglaterra y el comité ejecutivo que responde al Parlamento de Westminter. Los intelectuales en cuestión revisten a su relato de un galimatías cruzado. La concepción de un derecho separado del Estado es una ilusión óptica de los signatarios -que desplazan al derecho de la historia y lo radican, no en la historia y en la estructura social clasista sino en la naturaleza humana. La distinción entre los "intereses" de ‘los isleños', las propiedades en Malvinas, y su "deseos", seguir como territorio británico, sobre los que giran la diplomacia en el tema y los propios intelectuales alternativos, es una operación de distracción, porque es claro que para los 'los isleños' la defensa de sus intereses está en el mismo lugar de sus deseos.
La perorata ‘alternativa' sobre el derecho sucumbe cuando reclama "avanzar hacia una gestión de los recursos naturales negociada entre argentinos e isleños". Te agarramos, Catalina. ¿En nombre de qué derecho, razón o motivo los recursos naturales deberían ser objeto de negociación con ‘los argentinos' y no con los sudafricanos, los neozelandeses o los esquimales? El enano capitalista que lleva adentro el pequeño burgués se salió de riel. Pero es precisamente lo que quieren los monopolios internacionales, la burguesía argentina y el kirchnerismo -¡que reprocha a los ingleses la inconsecuencia con la colaboración económica en el Atlántico sur! El relato alternativo lleva a las conclusiones oficiales. La declaración recae en el infantilismo de suponer una negociación entre ‘argentinos' (no Argentina) y los ‘isleños' (no Gran Bretaña o la monarquía o república Falkland), para seguir la novela de ignorar los Estados y fantasear con los sujetos de derecho. ¿Hace falta decir que no hay nada más absurdo que suponer una autonomía ‘isleña' del imperio británico?
La cuestión de Malvinas resulta una cuadratura del círculo para la intelectualidad pequeño burguesa, sea la cipaya o la nacionalista, porque ignora que su condición de problema nacional deriva de la condición semi-colonial de Argentina. Mientras duró el idilio de esta condición con Inglaterra, Malvinas se refugió en los manuales escolares. La reflotó la quiebra de esta relación y la crisis a repetición del capitalismo mundial y nacional. Con la pesca, el gas y el petróleo, y con la nueva guerra financiera y comercial mundial, en especial con China, el archipiélago cobró una actualidad mayor. Es una región apetecible para potencias que necesitan alimentar una maquinaria bélica creciente para afrontar nuevas guerras. Llegar a esos recursos, incluso en forma muy parcial, sería un salvavidas para el derrumbe fiscal del régimen K, como lo hace notar el lobbysta Daniel Montamat, en Clarín, que defiende sin vacilar una negociación con el Reino Unido que canjee el derecho al acceso a la logística del continente a cambio de una participación en los negocios que también pondera la declaración de los 17.
Para los socialistas, la cuestión Malvinas es un asunto secundario y subordinado del problema nacional de Argentina y América Latina: la dominación económica y hasta cierto punto política (varía con el desarrollo de la crisis política del país y las luchas populares) del capital financiero internacional y sus Estados. La burguesía reivindica Malvinas para ganar una posición de mercado, y el gobierno para distraer a la opinión pública y a los trabajadores. Para los socialistas es el emergente más o menos ocasional de una crisis de conjunto que encontrará su solución con un gobierno de trabajadores y con derrotas decisivas del imperialismo a escala mundial.
Jorge Altamira
Las contradicciones del documento son insuperables en naturaleza y en número. Reivindica una "autodeterminación de los isleños", que deberían reclamar al Reino Unido, que es la potencia ocupante, no a Argentina, y que antes debería ser esgrimida por "los isleños", lo que no es el caso, y no por intelectuales del microcentro porteño. Dice que Argentina debe su existencia al principio de ‘autodeterminación nacional', no a una reivindicación territorial, como si las fronteras nacionales hubieran sido fijadas por medio de un voto libre y no de guerras, revoluciones y una intervención decisiva de las oligarquías locales y del capital comercial inglés. "La historia no vuelve atrás", asegura Beatriz Sarlo en el diario El País (28/2), para impugnar una recuperación de Malvinas, sin percatarse que del mismo modo debería denunciar el reclamo de autodeterminación nacional de Escocia, la unidad republicana de Irlanda o la devolución de Guantánamo a Cuba.
Los firmantes sienten que pisan suelo seguro cuando reclaman para ¨los isleños¨ la condición de "sujetos de derecho". ¡Pero lo son, efectivamente! , en calidad de ciudadanos británicos; están protegidos jurídicamente por la Reina de Inglaterra y el comité ejecutivo que responde al Parlamento de Westminter. Los intelectuales en cuestión revisten a su relato de un galimatías cruzado. La concepción de un derecho separado del Estado es una ilusión óptica de los signatarios -que desplazan al derecho de la historia y lo radican, no en la historia y en la estructura social clasista sino en la naturaleza humana. La distinción entre los "intereses" de ‘los isleños', las propiedades en Malvinas, y su "deseos", seguir como territorio británico, sobre los que giran la diplomacia en el tema y los propios intelectuales alternativos, es una operación de distracción, porque es claro que para los 'los isleños' la defensa de sus intereses está en el mismo lugar de sus deseos.
La perorata ‘alternativa' sobre el derecho sucumbe cuando reclama "avanzar hacia una gestión de los recursos naturales negociada entre argentinos e isleños". Te agarramos, Catalina. ¿En nombre de qué derecho, razón o motivo los recursos naturales deberían ser objeto de negociación con ‘los argentinos' y no con los sudafricanos, los neozelandeses o los esquimales? El enano capitalista que lleva adentro el pequeño burgués se salió de riel. Pero es precisamente lo que quieren los monopolios internacionales, la burguesía argentina y el kirchnerismo -¡que reprocha a los ingleses la inconsecuencia con la colaboración económica en el Atlántico sur! El relato alternativo lleva a las conclusiones oficiales. La declaración recae en el infantilismo de suponer una negociación entre ‘argentinos' (no Argentina) y los ‘isleños' (no Gran Bretaña o la monarquía o república Falkland), para seguir la novela de ignorar los Estados y fantasear con los sujetos de derecho. ¿Hace falta decir que no hay nada más absurdo que suponer una autonomía ‘isleña' del imperio británico?
La cuestión de Malvinas resulta una cuadratura del círculo para la intelectualidad pequeño burguesa, sea la cipaya o la nacionalista, porque ignora que su condición de problema nacional deriva de la condición semi-colonial de Argentina. Mientras duró el idilio de esta condición con Inglaterra, Malvinas se refugió en los manuales escolares. La reflotó la quiebra de esta relación y la crisis a repetición del capitalismo mundial y nacional. Con la pesca, el gas y el petróleo, y con la nueva guerra financiera y comercial mundial, en especial con China, el archipiélago cobró una actualidad mayor. Es una región apetecible para potencias que necesitan alimentar una maquinaria bélica creciente para afrontar nuevas guerras. Llegar a esos recursos, incluso en forma muy parcial, sería un salvavidas para el derrumbe fiscal del régimen K, como lo hace notar el lobbysta Daniel Montamat, en Clarín, que defiende sin vacilar una negociación con el Reino Unido que canjee el derecho al acceso a la logística del continente a cambio de una participación en los negocios que también pondera la declaración de los 17.
Para los socialistas, la cuestión Malvinas es un asunto secundario y subordinado del problema nacional de Argentina y América Latina: la dominación económica y hasta cierto punto política (varía con el desarrollo de la crisis política del país y las luchas populares) del capital financiero internacional y sus Estados. La burguesía reivindica Malvinas para ganar una posición de mercado, y el gobierno para distraer a la opinión pública y a los trabajadores. Para los socialistas es el emergente más o menos ocasional de una crisis de conjunto que encontrará su solución con un gobierno de trabajadores y con derrotas decisivas del imperialismo a escala mundial.
Jorge Altamira
16 de febrero de 2012
MALVINAS, HOY: "Seguridad política y jurídica para los monopolios petroleros"
Reportaje a Jorge Altamira realizado por la oficina de prensa del sindicato docente de la Universidad Federal de Santa María, Brasil.
-Dado que la cuestión fue retomada con más fuerza y tenemos las declaraciones de ambas partes, el envío de un buque de guerra británico moderno a la escena, el bloqueo de los barcos con la bandera de las islas Malvinas por parte de algunos países de América del Sur, el envío del príncipe Guillermo a las islas, entre otras cosas. ¿Cuál es el carácter del conflicto, hoy?
-Lo que ha acelerado el conflicto por Malvinas no es la inminencia del aniversario de la guerra de 1982, sino la posibilidad del hallazgo de petróleo que pueda ser comercializado en el mercado mundial. Que la zona pueda convertirse en un polo petrolero mundial, bajo la soberanía de una potencia extranjera, sembraría una inestabilidad política crónica en Argentina. Gran Bretaña, por su lado, necesita un acceso al territorio continental por necesidades de logística y seguridad internacional. Por eso está buscando un acuerdo con Argentina sobre este asunto de la explotación del petróleo, como condición para iniciar discusiones sobre soberanía (La Nación, 5/2). Las amenazas de cada lado apuntan a influir en las negociaciones que podrían iniciarse a corto plazo, luego de la celebración del aniversario, nuevamente -como en 1982- a instancias del gobierno norteamericano.
-¿El bloqueo aéreo a las Malvinas (que aislaría al archipiélago tanto del abastecimiento de productos como de transporte) sería el "siguiente paso" del gobierno argentino? ¿Cuál sería el impacto de esto?
-El bloqueo de Malvinas, que Argentina alega haber obtenido de los países del Mercosur, es una ficción, porque no afecta a barcos fletados por Gran Bretaña. El abastecimiento de Malvinas se realiza, básicamente, desde Londres. Si el comienzo de negociaciones no prospera, Argentina podría malvinizar su política bajo la presión de la crisis interna que acosa a CFK, como consecuencia de la crisis fiscal y de las divisiones políticas crecientes en el gobierno. Argentina enfrenta también una crisis de abastecimiento de petróleo y de gas, así como una crisis con la empresa Repsol-YPF. Podría ocurrir que el gobierno retire concesiones de explotación a esta compañía, en beneficio de PDVSA. Esto sería contradictorio con la política de acercamiento del gobierno argentino al norteamericano y con la pertenencia de Argentina al G-20.
-¿Prohibir a LAN (principal línea aérea chilena, que realiza vuelos semanales a las islas y es de propiedad privada) está al alcance del gobierno argentino? Si no es así, ¿qué podría hacer?
- Argentina podría bloquear los vuelos de LAN si impidiera su paso por el espacio aéreo de Argentina. Aunque el gobierno tiene conflictos comerciales con LAN, esta prohibición no sería bien recibida por Brasil y Uruguay.
-¿Existe la posibilidad de una reanudación del conflicto armado?
-No existe ninguna posibilidad de conflicto armado, porque las Fuerzas Armadas de Argentina tampoco tienen condiciones de llevarlo adelante. El anuncio del gobierno de que daría a conocer el "informe Rattenbach" -una investigación sobre la guerra que se mantiene en secreto desde 1982- inculpa de tal modo a las Fuerzas Armadas, que no parece coherente con la intención de plantear un conflicto. De todos modos, llamó la atención que un especialista internacional muy respetado, Gabriel Tokatlian, quien tiene ideas progresistas, haya recomendado la necesidad de reequipar a las fuerzas armadas nacionales.
Argentina reclama "negociaciones diplomáticas", o sea concesiones recíprocas, que contemplen una transferencia cierta de soberanía sin que importe el plazo, así como la seguridad jurídica y política para las inversiones de los grandes monopolios petroleros en el Atlántico sur. El grupo siderúrgico Tenaris, que domina el mercado de tubos o caños sin costura para la industria petrolera, se beneficiaría enormemente de semejante salida.
-¿Cuál es la solución posible y viable a la cuestión (aunque temporal)?
-El mundo transita por una fase de guerras internacionales crecientes, que alterarán en forma radical el mapa político -incluida la posibilidad de revoluciones sociales victoriosas. La cuestión Malvinas no puede ser aislada de este contexto, como tampoco ocurrió en 1982. Este cuadro de guerras posiblemente refuerce la presión para activar negociaciones secretas entre Gran Bretaña y Argentina. Argentina acaba de llenar la vacancia de la Embajada en Londres, luego de varios años. En estas negociaciones interferirá, con seguridad, la crisis interna de Argentina, vinculada con la sucesión de la Presidenta actual -los británicos tienen preferencia por la oposición.
-Dado que la cuestión fue retomada con más fuerza y tenemos las declaraciones de ambas partes, el envío de un buque de guerra británico moderno a la escena, el bloqueo de los barcos con la bandera de las islas Malvinas por parte de algunos países de América del Sur, el envío del príncipe Guillermo a las islas, entre otras cosas. ¿Cuál es el carácter del conflicto, hoy?
-Lo que ha acelerado el conflicto por Malvinas no es la inminencia del aniversario de la guerra de 1982, sino la posibilidad del hallazgo de petróleo que pueda ser comercializado en el mercado mundial. Que la zona pueda convertirse en un polo petrolero mundial, bajo la soberanía de una potencia extranjera, sembraría una inestabilidad política crónica en Argentina. Gran Bretaña, por su lado, necesita un acceso al territorio continental por necesidades de logística y seguridad internacional. Por eso está buscando un acuerdo con Argentina sobre este asunto de la explotación del petróleo, como condición para iniciar discusiones sobre soberanía (La Nación, 5/2). Las amenazas de cada lado apuntan a influir en las negociaciones que podrían iniciarse a corto plazo, luego de la celebración del aniversario, nuevamente -como en 1982- a instancias del gobierno norteamericano.
-¿El bloqueo aéreo a las Malvinas (que aislaría al archipiélago tanto del abastecimiento de productos como de transporte) sería el "siguiente paso" del gobierno argentino? ¿Cuál sería el impacto de esto?
-El bloqueo de Malvinas, que Argentina alega haber obtenido de los países del Mercosur, es una ficción, porque no afecta a barcos fletados por Gran Bretaña. El abastecimiento de Malvinas se realiza, básicamente, desde Londres. Si el comienzo de negociaciones no prospera, Argentina podría malvinizar su política bajo la presión de la crisis interna que acosa a CFK, como consecuencia de la crisis fiscal y de las divisiones políticas crecientes en el gobierno. Argentina enfrenta también una crisis de abastecimiento de petróleo y de gas, así como una crisis con la empresa Repsol-YPF. Podría ocurrir que el gobierno retire concesiones de explotación a esta compañía, en beneficio de PDVSA. Esto sería contradictorio con la política de acercamiento del gobierno argentino al norteamericano y con la pertenencia de Argentina al G-20.
-¿Prohibir a LAN (principal línea aérea chilena, que realiza vuelos semanales a las islas y es de propiedad privada) está al alcance del gobierno argentino? Si no es así, ¿qué podría hacer?
- Argentina podría bloquear los vuelos de LAN si impidiera su paso por el espacio aéreo de Argentina. Aunque el gobierno tiene conflictos comerciales con LAN, esta prohibición no sería bien recibida por Brasil y Uruguay.
-¿Existe la posibilidad de una reanudación del conflicto armado?
-No existe ninguna posibilidad de conflicto armado, porque las Fuerzas Armadas de Argentina tampoco tienen condiciones de llevarlo adelante. El anuncio del gobierno de que daría a conocer el "informe Rattenbach" -una investigación sobre la guerra que se mantiene en secreto desde 1982- inculpa de tal modo a las Fuerzas Armadas, que no parece coherente con la intención de plantear un conflicto. De todos modos, llamó la atención que un especialista internacional muy respetado, Gabriel Tokatlian, quien tiene ideas progresistas, haya recomendado la necesidad de reequipar a las fuerzas armadas nacionales.
Argentina reclama "negociaciones diplomáticas", o sea concesiones recíprocas, que contemplen una transferencia cierta de soberanía sin que importe el plazo, así como la seguridad jurídica y política para las inversiones de los grandes monopolios petroleros en el Atlántico sur. El grupo siderúrgico Tenaris, que domina el mercado de tubos o caños sin costura para la industria petrolera, se beneficiaría enormemente de semejante salida.
-¿Cuál es la solución posible y viable a la cuestión (aunque temporal)?
-El mundo transita por una fase de guerras internacionales crecientes, que alterarán en forma radical el mapa político -incluida la posibilidad de revoluciones sociales victoriosas. La cuestión Malvinas no puede ser aislada de este contexto, como tampoco ocurrió en 1982. Este cuadro de guerras posiblemente refuerce la presión para activar negociaciones secretas entre Gran Bretaña y Argentina. Argentina acaba de llenar la vacancia de la Embajada en Londres, luego de varios años. En estas negociaciones interferirá, con seguridad, la crisis interna de Argentina, vinculada con la sucesión de la Presidenta actual -los británicos tienen preferencia por la oposición.
CORDOBA: Bloque parlamentario de izquierda rechaza política K sobre Malvinas
El miércoles 8, en el transcurso de la sesión ordinaria de la unicameral, el oficialismo incluyó para la votación un proyecto de declaración de cuatro puntos que repudia las declaraciones del primer ministro inglés, David Cameron, y elogia la política negociadora de la Cancillería.
El proyecto fue colocado entre aquéllos que no se debaten y que se votan en bloque, con la sola enumeración de los mismos.
La propuesta fue soplada por el Ejecutivo, fuera de todos los plazos y de los acuerdos, en la reunión de labor parlamentaria -que es la que fija el temario de la sesión. No había interés de promover un pronunciamiento serio, sino simplemente de colocarse en la órbita del gobierno nacional.
La incorporación apresurada contó con el acuerdo del juecismo y el radicalismo.
Liliana Olivero, por el Frente de Izquierda, denunció la irregularidad del proceso y rechazó el proyecto. Planteamos que la mesa de negociación por la que pugna el gobierno nacional está colocada en el interés de los grupos petroleros y de la pesca, y denunciamos que esa es la política impulsada por el imperialismo yanqui y que esas negociaciones sólo podrían arribar a una soberanía argentina formal a cambio de un régimen económico y jurídico que contemple los intereses británicos y norteamericanos.
También señalamos que, frente a la gravedad de la denuncia del gobierno sobre la militarización de Malvinas, éste no había ni siquiera amenazado mínimamente con medidas que afecten los intereses económicos y financieros de los capitales imperialistas.
E. S.
El proyecto fue colocado entre aquéllos que no se debaten y que se votan en bloque, con la sola enumeración de los mismos.
La propuesta fue soplada por el Ejecutivo, fuera de todos los plazos y de los acuerdos, en la reunión de labor parlamentaria -que es la que fija el temario de la sesión. No había interés de promover un pronunciamiento serio, sino simplemente de colocarse en la órbita del gobierno nacional.
La incorporación apresurada contó con el acuerdo del juecismo y el radicalismo.
Liliana Olivero, por el Frente de Izquierda, denunció la irregularidad del proceso y rechazó el proyecto. Planteamos que la mesa de negociación por la que pugna el gobierno nacional está colocada en el interés de los grupos petroleros y de la pesca, y denunciamos que esa es la política impulsada por el imperialismo yanqui y que esas negociaciones sólo podrían arribar a una soberanía argentina formal a cambio de un régimen económico y jurídico que contemple los intereses británicos y norteamericanos.
También señalamos que, frente a la gravedad de la denuncia del gobierno sobre la militarización de Malvinas, éste no había ni siquiera amenazado mínimamente con medidas que afecten los intereses económicos y financieros de los capitales imperialistas.
E. S.
La ocupación de las Malvinas en 1982
Un simulacro de soberanía que terminaría en tragedia
El canciller, Héctor Timerman, le agradeció edulcoradamente a la subsecretaria de Estado norteamericana para América Latina, Roberta Jacobson, la postura de Washington sobre Malvinas -manifestada poco antes por la portavoz de Hillary Clinton, Victoria Nuland: "Alentamos a la Argentina y Gran Bretaña a resolver esto de manera pacífica, a través de negociaciones".
En un contexto diferente, fracasada ruidosamente la política de "seducción" hacia los falklanders que intentaron Carlos Menem y su canciller Guido Di Tella, el gobierno argentino torna al camino en el cual Leopoldo Galtieri creyó sustentar su política respecto de Malvinas: la búsqueda de respaldo en la diplomacia norteamericana para forzar una negociación con Londres.
Cristina Kirchner señaló en qué consistirían esas negociaciones, cuando se refirió a la calificación de "colonialista" que el primer ministro inglés, David Cameron, le había dado a la Argentina: la Presidenta le recomendó al premier que hablara con los CEO's de empresas británicas radicadas aquí "para que le cuenten cómo somos".
Por cierto, podrían darle a Cameron excelentes referencias de las facilidades que tienen para sus negocios y negociados argentinos los ejecutivos, entre muchos otros, del Banco Patagonia (asociado con el Lloyds TSB Bank); o los del HSBC (controladora de la Rockhopper Exploration, que en estos momentos tiene sus plataformas petroleras en las aguas circundantes de las islas Malvinas); o del Standard Bank; o de Metro Gas (perteneciente al British Gas Group). Incluso los de Repsol, agentes de la City londinense.
En definitiva, el reclamo de una soberanía formal es un simulacro de soberanía, cuando es formulado por un gobierno que muestra como cartas credenciales su protección a los pulpos imperialistas en el territorio continental.
Hace ya treinta años, ese simulacro derivó en una enorme tragedia.
Una dictadura en crisis terminal
El 15 de diciembre de 1981, el comandante de la Armada, Jorge Isaac Anaya, llamó a su despacho al comandante de Operaciones Navales, Juan José Lombardo, y le dio una orden que debía ser mantenida en estricto secreto: preparar un plan de desembarco militar en las islas Malvinas. El propio Anaya había diseñado un plan de ese tipo en 1977, cuando era comandante de la Flota de Mar, pero Lombardo se encontró con una primera gran dificultad: no podía consultar ese material porque estaba en poder del Servicio de Inteligencia Naval (SIN), una cueva de infidentes donde resultaba imposible mantener algo en reserva. En otras palabras, la disgregación terminal de la dictadura y de las Fuerzas Armadas hacía de todo el conjunto un armatoste inoperante.
Menos de un mes antes, esa lucha entre camarillas militares había provocado el derrocamiento del presidente de facto Roberto Viola y su reemplazo por Galtieri, de quien el periódico ultraconservador norteamericano The Christian Science Monitor había dicho que era "un duro y perspicaz estratega y un caluroso aliado de los Estados Unidos".
Días antes de aquella orden que le dio a Lombardo, Anaya había recibido los primeros cinco aviones franceses Super-Etendard de una partida de catorce. En un cuadro de caída de la producción, inflación galopante, especulación financiera sostenida con emisión de moneda casi descontrolada y un sistema bancario en crisis (tenía una cartera de incobrables de casi 10 mil millones de dólares), la dictadura gastaba 6 mil millones de dólares anuales en equipamiento militar.
De un modo u otro, la dictadura era un régimen acabado a comienzos de 1982. El periódico clandestino Política Obrera lo anunció así, en una tapa en marzo de ese año, como corolario de la devaluación del peso decidida por Martínez de Hoz. Si el de Viola había sido el último intento de unidad burguesa en torno del cuartel para reordenar la economía y permitirles a los militares retirarse en orden, el de Galtieri era el gobierno de una camarilla, de la franja del capital financiero más vinculada con los Estados Unidos -su ministro de Economía era Roberto Alemann-, y no podía menos que volcar hacia la oposición incluso a la mayor parte de la burguesía nacional.
El entreguismo sin bozal en el plano interno encontraba su continuidad en la política exterior de la dictadura, en su compromiso con las bandas de militares narcotraficantes que habían asaltado el poder en Bolivia y con los regímenes criminales de América central. No obstante, también en ese plano estaban liquidados: la dictadura boliviana ya hacía frente a una resistencia de masas activa y multitudinaria, mientras en Centroamérica los paramilitares argentinos, al servicio del Departamento de Estado yanqui, recibían una paliza detrás de la otra.
Entretanto, el movimiento obrero aceleraba la recomposición que -en forma de una resistencia sorda, molecular- había comenzado a semanas del golpe y encontraba su punto de inflexión en la huelga general de abril de 1979, cuando más de 4 millones de trabajadores pararon en medio de la congeladora dictatorial. El 30 de marzo de 1982, tres días antes de la ocupación de las islas, una enorme movilización obrera derivó en una batalla campal durante todo el día, y mostró que el conflicto social tendía hacia el estallido de una crisis explosiva.
En ese contexto, Malvinas fue el intento -sobre la base de un cálculo groseramente fallido- de reconstruir la posición de la dictadura y establecer una nueva relación de fuerzas imperialistas en el Atlántico Sur, con el régimen militar argentino en un lugar de importancia -lo cual, en la imaginación de Galtieri y compañía, les permitiría permanecer en el poder indefinidamente.
Malvinas, base militar norteamericana
La intención de la dictadura al ocupar las Malvinas se desprende de una serie de artículos en el diario La Prensa, firmados por Jesús Iglesias Rouco -un portavoz de la camarilla de Galtieri. Por ejemplo, uno del 3 de marzo de 1982 (un mes antes del desembarco militar) reclamaba la "comprensión" norteamericana. La soberanía argentina en las islas, decía, "constituye, a esta altura, condición sine qua non para el establecimiento de una adecuada estructura defensiva en el Atlántico Sur, de cara a la penetración soviética en la zona". En aquellos días, conviene recordar, la dictadura acariciaba la idea -también Washington- de constituir una Organización del Tratado del Atlántico Sur, una Otas, hermana de la Otan, alianza militar del imperialismo contra el bloque soviético.
La ocupación no tendría un gramo de antiimperialismo y La Prensa lo decía explícitamente. "Buenos Aires -señalaba Iglesias Rouco- estaría dispuesto a ofrecer a la British Petroleum y otras empresas británicas una participación en la explotación de hidrocarburos y otros recursos en extensiones importantes de la región, lo mismo que facilidades para su flota, todo ello en forma tal que la soberanía no implique mengua alguna -más bien al contrario- de las perspectivas de Gran Bretaña en el Atlántico Sur" (ídem).
Incluso en Londres, el Latin America Weekly Report (12/03/1982, dirigido por Rodolfo Terragno) escribía: "Galtieri siente que una acción drástica sobre las islas Malvinas (...) podría hacer maravillas con su popularidad. Algunos observadores creen que él podría usar la cuestión como una plataforma para el lanzamiento de un partido oficial o semioficial". El semanario inglés agregaba que la disputa por las islas "puede abrir el camino a la instalación de una base militar norteamericana".
Esto es: la ocupación apuntaba a reforzar la dominación imperialista en la zona, de ninguna manera a suprimirla.
A. Guerrero
El canciller, Héctor Timerman, le agradeció edulcoradamente a la subsecretaria de Estado norteamericana para América Latina, Roberta Jacobson, la postura de Washington sobre Malvinas -manifestada poco antes por la portavoz de Hillary Clinton, Victoria Nuland: "Alentamos a la Argentina y Gran Bretaña a resolver esto de manera pacífica, a través de negociaciones".
En un contexto diferente, fracasada ruidosamente la política de "seducción" hacia los falklanders que intentaron Carlos Menem y su canciller Guido Di Tella, el gobierno argentino torna al camino en el cual Leopoldo Galtieri creyó sustentar su política respecto de Malvinas: la búsqueda de respaldo en la diplomacia norteamericana para forzar una negociación con Londres.
Cristina Kirchner señaló en qué consistirían esas negociaciones, cuando se refirió a la calificación de "colonialista" que el primer ministro inglés, David Cameron, le había dado a la Argentina: la Presidenta le recomendó al premier que hablara con los CEO's de empresas británicas radicadas aquí "para que le cuenten cómo somos".
Por cierto, podrían darle a Cameron excelentes referencias de las facilidades que tienen para sus negocios y negociados argentinos los ejecutivos, entre muchos otros, del Banco Patagonia (asociado con el Lloyds TSB Bank); o los del HSBC (controladora de la Rockhopper Exploration, que en estos momentos tiene sus plataformas petroleras en las aguas circundantes de las islas Malvinas); o del Standard Bank; o de Metro Gas (perteneciente al British Gas Group). Incluso los de Repsol, agentes de la City londinense.
En definitiva, el reclamo de una soberanía formal es un simulacro de soberanía, cuando es formulado por un gobierno que muestra como cartas credenciales su protección a los pulpos imperialistas en el territorio continental.
Hace ya treinta años, ese simulacro derivó en una enorme tragedia.
Una dictadura en crisis terminal
El 15 de diciembre de 1981, el comandante de la Armada, Jorge Isaac Anaya, llamó a su despacho al comandante de Operaciones Navales, Juan José Lombardo, y le dio una orden que debía ser mantenida en estricto secreto: preparar un plan de desembarco militar en las islas Malvinas. El propio Anaya había diseñado un plan de ese tipo en 1977, cuando era comandante de la Flota de Mar, pero Lombardo se encontró con una primera gran dificultad: no podía consultar ese material porque estaba en poder del Servicio de Inteligencia Naval (SIN), una cueva de infidentes donde resultaba imposible mantener algo en reserva. En otras palabras, la disgregación terminal de la dictadura y de las Fuerzas Armadas hacía de todo el conjunto un armatoste inoperante.
Menos de un mes antes, esa lucha entre camarillas militares había provocado el derrocamiento del presidente de facto Roberto Viola y su reemplazo por Galtieri, de quien el periódico ultraconservador norteamericano The Christian Science Monitor había dicho que era "un duro y perspicaz estratega y un caluroso aliado de los Estados Unidos".
Días antes de aquella orden que le dio a Lombardo, Anaya había recibido los primeros cinco aviones franceses Super-Etendard de una partida de catorce. En un cuadro de caída de la producción, inflación galopante, especulación financiera sostenida con emisión de moneda casi descontrolada y un sistema bancario en crisis (tenía una cartera de incobrables de casi 10 mil millones de dólares), la dictadura gastaba 6 mil millones de dólares anuales en equipamiento militar.
De un modo u otro, la dictadura era un régimen acabado a comienzos de 1982. El periódico clandestino Política Obrera lo anunció así, en una tapa en marzo de ese año, como corolario de la devaluación del peso decidida por Martínez de Hoz. Si el de Viola había sido el último intento de unidad burguesa en torno del cuartel para reordenar la economía y permitirles a los militares retirarse en orden, el de Galtieri era el gobierno de una camarilla, de la franja del capital financiero más vinculada con los Estados Unidos -su ministro de Economía era Roberto Alemann-, y no podía menos que volcar hacia la oposición incluso a la mayor parte de la burguesía nacional.
El entreguismo sin bozal en el plano interno encontraba su continuidad en la política exterior de la dictadura, en su compromiso con las bandas de militares narcotraficantes que habían asaltado el poder en Bolivia y con los regímenes criminales de América central. No obstante, también en ese plano estaban liquidados: la dictadura boliviana ya hacía frente a una resistencia de masas activa y multitudinaria, mientras en Centroamérica los paramilitares argentinos, al servicio del Departamento de Estado yanqui, recibían una paliza detrás de la otra.
Entretanto, el movimiento obrero aceleraba la recomposición que -en forma de una resistencia sorda, molecular- había comenzado a semanas del golpe y encontraba su punto de inflexión en la huelga general de abril de 1979, cuando más de 4 millones de trabajadores pararon en medio de la congeladora dictatorial. El 30 de marzo de 1982, tres días antes de la ocupación de las islas, una enorme movilización obrera derivó en una batalla campal durante todo el día, y mostró que el conflicto social tendía hacia el estallido de una crisis explosiva.
En ese contexto, Malvinas fue el intento -sobre la base de un cálculo groseramente fallido- de reconstruir la posición de la dictadura y establecer una nueva relación de fuerzas imperialistas en el Atlántico Sur, con el régimen militar argentino en un lugar de importancia -lo cual, en la imaginación de Galtieri y compañía, les permitiría permanecer en el poder indefinidamente.
Malvinas, base militar norteamericana
La intención de la dictadura al ocupar las Malvinas se desprende de una serie de artículos en el diario La Prensa, firmados por Jesús Iglesias Rouco -un portavoz de la camarilla de Galtieri. Por ejemplo, uno del 3 de marzo de 1982 (un mes antes del desembarco militar) reclamaba la "comprensión" norteamericana. La soberanía argentina en las islas, decía, "constituye, a esta altura, condición sine qua non para el establecimiento de una adecuada estructura defensiva en el Atlántico Sur, de cara a la penetración soviética en la zona". En aquellos días, conviene recordar, la dictadura acariciaba la idea -también Washington- de constituir una Organización del Tratado del Atlántico Sur, una Otas, hermana de la Otan, alianza militar del imperialismo contra el bloque soviético.
La ocupación no tendría un gramo de antiimperialismo y La Prensa lo decía explícitamente. "Buenos Aires -señalaba Iglesias Rouco- estaría dispuesto a ofrecer a la British Petroleum y otras empresas británicas una participación en la explotación de hidrocarburos y otros recursos en extensiones importantes de la región, lo mismo que facilidades para su flota, todo ello en forma tal que la soberanía no implique mengua alguna -más bien al contrario- de las perspectivas de Gran Bretaña en el Atlántico Sur" (ídem).
Incluso en Londres, el Latin America Weekly Report (12/03/1982, dirigido por Rodolfo Terragno) escribía: "Galtieri siente que una acción drástica sobre las islas Malvinas (...) podría hacer maravillas con su popularidad. Algunos observadores creen que él podría usar la cuestión como una plataforma para el lanzamiento de un partido oficial o semioficial". El semanario inglés agregaba que la disputa por las islas "puede abrir el camino a la instalación de una base militar norteamericana".
Esto es: la ocupación apuntaba a reforzar la dominación imperialista en la zona, de ninguna manera a suprimirla.
A. Guerrero
2 de febrero de 2012
Malvinas, un asunto fiscal
Nacionalismo y socialismo frente a la cuestión nacional
Ya en la guerra de 1982, la cuestión de Malvinas estuvo ligada a las posibilidades de la explotación petrolera y pesquera. Un informe oficial de aquella época, elaborado en Gran Bretaña, advertía sobre la importancia de estos recursos y recomendaba un acuerdo con Argentina. Las dilaciones para poner en práctica esta orientación fueron uno de los factores que se usaron para justificar la ocupación del archipiélago por parte de la dictadura. Hasta ese momento, Malvinas era un tema de soberanía confinado a los manuales de escuela o, esporádicamente, un motivo de distracción política -como ocurrió en septiembre de 1966, cuando un futuro militante montonero saludó con un aterrizaje en la isla el arribo al gobierno de Juan Carlos Onganía.
La cuestión económica torna ahora insoslayable la reaparición del tema Malvinas. El factor distraccionista -en especial en tiempos de ajuste- ocupa en la actualidad un lugar importante, pero secundario. Ninguna de las concesiones que hicieron Menem-Di Tella en su momento permitieron avanzar en la solución del conflicto siquiera un milímetro. Los K acompañaron al menemismo sin chistar, al extremo de apoyar la privatización de YPF en beneficio de Repsol, la cual no es más que una agencia de la City de Londres. El oficialismo emprendió a mitad de mandato un nuevo rumbo ante la evidencia palpable del fracaso.
¿Qué reclama Argentina? No la soberanía de las islas, sino el establecimiento de una mesa de negociación -como ya lo reclamaron Galtieri y Menem. Negociación quiere decir toma y daca -en la mejor hipótesis, el reconocimiento, sólo en principio, de la soberanía argentina a cambio de un régimen económico y jurídico (o sea político) que contemple los intereses británicos y norteamericanos. Este planteo ya se encuentra inscripto en acuerdos precedentes, los que descalifican "los deseos" de los 'falklanders', pero reconocen sus "intereses". Esta población, que ha obtenido ciudadanía británica, ejerce el derecho de propiedad sobre las tierras de Malvinas (por lo que solamente puede ser desapropiada por la legislación británica) y su administración legisla sobre las aguas adyacentes (a cuenta de los ingleses). En una negociación, Argentina recibiría el reconocimiento formal de la soberanía como canje a la privatización del archipiélago malvinense.
En eso ha consistido, precisamente, el acuerdo que cedió Honk Kong a China. "Un país, dos sistemas" fue la síntesis que circunscribió la soberanía de China a su conformidad con un régimen político 'sui generis'. El acuerdo, por sobre todo, consagró la dominación financiera de la Bolsa de Hong Kong, que la convirtió en cabeza de puente de la restauración capitalista de China. La signataria de la renuncia de la soberanía británica a Hong Kong fue Margaret Thatcher. El coloso chino, que había derrotado al ejército de Mac Arthur en Corea, no pudo (ni quiso) sacarle mucho más a los ingleses. Un cuarto de siglo después, la satisfacción de los protagonistas es completa -a excepción de una parte significativa de la población de la isla, que debe sufrir la explotación económica del capital y la opresión política del aparato de la burocracia.
El planteo de 'negociemos' es simplemente entreguista. Por eso lo apoya Estados Unidos -hoy por parte de Obama, como en el '82 por parte de Reagan. El problema es que en las conversaciones puertas adentro, que tienen lugar desde hace mucho tiempo, domina el impasse. Estados Unidos y Gran Bretaña no logran imponer las subidas garantías que reclaman, ni encuentran en Argentina una estabilidad política que asegure el cumplimiento de las garantías que se acuerden. Sin un pelo de zonza, Hilary Clinton apoyó la variante negociadora, porque de ese modo condiciona al gobierno argentino a hacer 'buena letra' en su política general para conservar el supuesto apoyo norteamericano a la salida negociada.
El saludo de los Timmerman al apoyo de circunstancia de Obama retrata la vocación colonial de los funcionarios. En lugar de esto, habrían debido denunciar las segundas intenciones de estos apoyos vacíos de contenido, los que ni siquiera buscan 'congraciarse' con Argentina, sino con otros gobiernos latinoamericanos. El planteo de 'negociación' o 'salida negociada' significa la disposición para establecer un derecho compartido sobre la explotación de las aguas de Malvinas. Argentina obtendría su parte como nación concesionaria, o sea las regalías y otros ingresos fiscales que podrían llegar a ser cuantiosos. ¿O al cabo de una década de kirchnerismo alguien duda de que la política oficial se resume en aumentar la caja fiscal y manejarla en forma discrecional? No pasan de aquí los ideales nacionales de los gobernantes actuales ni de la clase que los sustenta.
Para algunos comentaristas, el impasse en que se encuentra el 'diferendo' por Malvinas promete que éste se seguirá arrastrando, con picos y pozos de ruidos, por otro siglo o dos más. Depende. Si las posibilidades de explotación petrolera son reales, en un momento en el cual el precio del petróleo podría subir aún más como consecuencia de las aventuras militares norteamericanas en el Medio Oriente y Africa, el ritmo de una confrontación podría acelerarse. Los ingleses dilatan las iniciativas diplomáticas hasta asegurar que las compañías internacionales establezcan los derechos adquiridos en la región, para ir a una negociación necesaria desde una posición de fuerza. Después de todo, la logística de la explotación petrolera exige el acceso a un territorio continental. ¿El territorio de Malvinas será acaso suficiente para asegurar esa logística? Por otro lado, Estados Unidos -que será el beneficiario último de la apertura de una frontera petrolera y pesquera en Malvinas- necesitará armonizar estos nuevos intereses con el conjunto de los que tiene establecidos en América Latina. La conversión de Malvinas en un territorio compartido con el capital internacional, bajo garantías acordadas en tratados internacionales, daría una base poderosa de sustentación a gobiernos argentinos de filiación entreguista.
Como se ve, le otorgamos un lugar fundamental a los intereses nacionales, pero de ningún modo para subordinar a ellos la lucha de clases. Rechazamos la unidad nacional sobre Malvinas: no solamente no postergamos ninguna reivindicación social para apoyar esa unidad, también denunciamos que la unidad nacional es el taparrabos de una capitulación ante los intereses fundamentales del imperialismo -que en Malvinas es convertir a Argentina en un satélite del capital petrolero y bancario internacional, incluso si tiene que adornarlo con el reconocimiento de una soberanía sin contenido. No solamente los problemas nacionales de Argentina, sino del conjunto de las naciones dependientes y sometidas, únicamente tienen solución bajo un gobierno de trabajadores y la acción común de la clase obrera de todos los países por la emancipación social -en primer lugar de los obreros y campesinos de América Latina, incluido Puerto Rico.
Para resumir, digamos que en oposición al pseudo-nacionalismo de alcance fiscalista del gobierno de turno, planteamos la conquista de la independencia nacional mediante una salida anticapitalista a la crisis histórica de la dominación burguesa.
Jorge Altamira
Ya en la guerra de 1982, la cuestión de Malvinas estuvo ligada a las posibilidades de la explotación petrolera y pesquera. Un informe oficial de aquella época, elaborado en Gran Bretaña, advertía sobre la importancia de estos recursos y recomendaba un acuerdo con Argentina. Las dilaciones para poner en práctica esta orientación fueron uno de los factores que se usaron para justificar la ocupación del archipiélago por parte de la dictadura. Hasta ese momento, Malvinas era un tema de soberanía confinado a los manuales de escuela o, esporádicamente, un motivo de distracción política -como ocurrió en septiembre de 1966, cuando un futuro militante montonero saludó con un aterrizaje en la isla el arribo al gobierno de Juan Carlos Onganía.
La cuestión económica torna ahora insoslayable la reaparición del tema Malvinas. El factor distraccionista -en especial en tiempos de ajuste- ocupa en la actualidad un lugar importante, pero secundario. Ninguna de las concesiones que hicieron Menem-Di Tella en su momento permitieron avanzar en la solución del conflicto siquiera un milímetro. Los K acompañaron al menemismo sin chistar, al extremo de apoyar la privatización de YPF en beneficio de Repsol, la cual no es más que una agencia de la City de Londres. El oficialismo emprendió a mitad de mandato un nuevo rumbo ante la evidencia palpable del fracaso.
¿Qué reclama Argentina? No la soberanía de las islas, sino el establecimiento de una mesa de negociación -como ya lo reclamaron Galtieri y Menem. Negociación quiere decir toma y daca -en la mejor hipótesis, el reconocimiento, sólo en principio, de la soberanía argentina a cambio de un régimen económico y jurídico (o sea político) que contemple los intereses británicos y norteamericanos. Este planteo ya se encuentra inscripto en acuerdos precedentes, los que descalifican "los deseos" de los 'falklanders', pero reconocen sus "intereses". Esta población, que ha obtenido ciudadanía británica, ejerce el derecho de propiedad sobre las tierras de Malvinas (por lo que solamente puede ser desapropiada por la legislación británica) y su administración legisla sobre las aguas adyacentes (a cuenta de los ingleses). En una negociación, Argentina recibiría el reconocimiento formal de la soberanía como canje a la privatización del archipiélago malvinense.
En eso ha consistido, precisamente, el acuerdo que cedió Honk Kong a China. "Un país, dos sistemas" fue la síntesis que circunscribió la soberanía de China a su conformidad con un régimen político 'sui generis'. El acuerdo, por sobre todo, consagró la dominación financiera de la Bolsa de Hong Kong, que la convirtió en cabeza de puente de la restauración capitalista de China. La signataria de la renuncia de la soberanía británica a Hong Kong fue Margaret Thatcher. El coloso chino, que había derrotado al ejército de Mac Arthur en Corea, no pudo (ni quiso) sacarle mucho más a los ingleses. Un cuarto de siglo después, la satisfacción de los protagonistas es completa -a excepción de una parte significativa de la población de la isla, que debe sufrir la explotación económica del capital y la opresión política del aparato de la burocracia.
El planteo de 'negociemos' es simplemente entreguista. Por eso lo apoya Estados Unidos -hoy por parte de Obama, como en el '82 por parte de Reagan. El problema es que en las conversaciones puertas adentro, que tienen lugar desde hace mucho tiempo, domina el impasse. Estados Unidos y Gran Bretaña no logran imponer las subidas garantías que reclaman, ni encuentran en Argentina una estabilidad política que asegure el cumplimiento de las garantías que se acuerden. Sin un pelo de zonza, Hilary Clinton apoyó la variante negociadora, porque de ese modo condiciona al gobierno argentino a hacer 'buena letra' en su política general para conservar el supuesto apoyo norteamericano a la salida negociada.
El saludo de los Timmerman al apoyo de circunstancia de Obama retrata la vocación colonial de los funcionarios. En lugar de esto, habrían debido denunciar las segundas intenciones de estos apoyos vacíos de contenido, los que ni siquiera buscan 'congraciarse' con Argentina, sino con otros gobiernos latinoamericanos. El planteo de 'negociación' o 'salida negociada' significa la disposición para establecer un derecho compartido sobre la explotación de las aguas de Malvinas. Argentina obtendría su parte como nación concesionaria, o sea las regalías y otros ingresos fiscales que podrían llegar a ser cuantiosos. ¿O al cabo de una década de kirchnerismo alguien duda de que la política oficial se resume en aumentar la caja fiscal y manejarla en forma discrecional? No pasan de aquí los ideales nacionales de los gobernantes actuales ni de la clase que los sustenta.
Para algunos comentaristas, el impasse en que se encuentra el 'diferendo' por Malvinas promete que éste se seguirá arrastrando, con picos y pozos de ruidos, por otro siglo o dos más. Depende. Si las posibilidades de explotación petrolera son reales, en un momento en el cual el precio del petróleo podría subir aún más como consecuencia de las aventuras militares norteamericanas en el Medio Oriente y Africa, el ritmo de una confrontación podría acelerarse. Los ingleses dilatan las iniciativas diplomáticas hasta asegurar que las compañías internacionales establezcan los derechos adquiridos en la región, para ir a una negociación necesaria desde una posición de fuerza. Después de todo, la logística de la explotación petrolera exige el acceso a un territorio continental. ¿El territorio de Malvinas será acaso suficiente para asegurar esa logística? Por otro lado, Estados Unidos -que será el beneficiario último de la apertura de una frontera petrolera y pesquera en Malvinas- necesitará armonizar estos nuevos intereses con el conjunto de los que tiene establecidos en América Latina. La conversión de Malvinas en un territorio compartido con el capital internacional, bajo garantías acordadas en tratados internacionales, daría una base poderosa de sustentación a gobiernos argentinos de filiación entreguista.
Como se ve, le otorgamos un lugar fundamental a los intereses nacionales, pero de ningún modo para subordinar a ellos la lucha de clases. Rechazamos la unidad nacional sobre Malvinas: no solamente no postergamos ninguna reivindicación social para apoyar esa unidad, también denunciamos que la unidad nacional es el taparrabos de una capitulación ante los intereses fundamentales del imperialismo -que en Malvinas es convertir a Argentina en un satélite del capital petrolero y bancario internacional, incluso si tiene que adornarlo con el reconocimiento de una soberanía sin contenido. No solamente los problemas nacionales de Argentina, sino del conjunto de las naciones dependientes y sometidas, únicamente tienen solución bajo un gobierno de trabajadores y la acción común de la clase obrera de todos los países por la emancipación social -en primer lugar de los obreros y campesinos de América Latina, incluido Puerto Rico.
Para resumir, digamos que en oposición al pseudo-nacionalismo de alcance fiscalista del gobierno de turno, planteamos la conquista de la independencia nacional mediante una salida anticapitalista a la crisis histórica de la dominación burguesa.
Jorge Altamira
19 de enero de 2012
Malvinas: el ruido y las nueces de los "hermanos latinoamericanos"
La última cumbre del Mercosur resolvió que los barcos ingleses rumbo a Malvinas no pudieran recalar en los puertos de la región. Los diarios oficialistas de Argentina celebraron la "victoria diplomática" de Cristina. Pero el fervor se desinfló cuando un buque con bandera británica, efectivos militares y el antecedente inmediato de haber localizado petróleo en el Mar del Norte, recaló en el puerto de Montevideo, sin que el gobierno de Mujica hiciera la menor objeción. Enseguida, los funcionarios uruguayos aclararon que el acuerdo de los "hermanos del Mercosur" sólo impedía el paso de buques si éstos ostentaban bandera malvinense. En cambio, no existía ninguna restricción para los de bandera británica. La ‘victoria diplomática' resultó una farsa.
En esas horas, el canciller británico informaba a su parlamento que "Chile, Brasil y Uruguay no tienen intención de participar en bloqueo económico alguno a las islas". Ginés García, el embajador argentino en Chile, se ocupaba de aclarar lo mismo -"no hay bloqueo ni nada que se le parezca". En el medio de los cruces verbales, los K habían resuelto nombrar embajador en Londres, después de cuatro años de vacancia. Mientras, el canciller Timerman escribía en los diarios ingleses: "Queremos negociar" (The Times, 14/1).
¿A dónde apuntan los fogonazos de la diplomacia K? En medio de una agudización de las medidas proteccionistas en materia de comercio exterior, el reavivamiento de la cuestión de Malvinas ayuda a revestir al proteccionismo oficial de un manto nacionalista. Con el mismo propósito, el gobierno descarga la artillería (verbal) desde hace años sobre el pulpo angloholandés Shell, aunque el paquete mayoritario de las acciones de Repsol se encuentra también en manos inglesas.
La cuestión de fondo es la gran expansión de los negocios petroleros en la plataforma del Atlántico Sur. La Falkland Oil, una de las compañías a cargo, acaba de hacer una emisión de acciones récord en la bolsa de Londres, apostando al desarrollo de sus pozos de aguas profundas en la zona. Las reservas comprobadas hasta hoy en torno de las islas cuadruplicarían a las que cuenta Argentina en el continente; para el ex canciller Bielsa, Malvinas y su cuenca marítima son "un golfo pérsico austral" (La Nación, 18/2/10). Bielsa se queja de los "ingresos fiscales cuantiosos" que percibiría la administración de Malvinas por esta explotación.
Los diplomáticos kirchneristas y algunos geopolíticos que le tiran letra, piensan que la declinación económica y militar de Gran Bretaña constituiría un escenario favorable para una escalada diplomática en relación a Malvinas; es la misma hipótesis que llevó a Galtieri a invadir las islas. Pero es probable que la analogía con 1982 no termine allí. La dictadura apostaba a la "soberanía compartida" de las islas, un status que le hubiera permitido coparticipar los recursos petroleros o pesqueros. Es el "modelo" que los K han habilitado para que la British Petroleum explote otra cuenca sureña, continental, hasta el año 2047. Los nac & pop argentinos sueñan con encontrar otra veta fiscal, entre la muy jugosa de la patria sojera o la menos jugosa de la minería a cielo abierto. En Inglaterra, los partidarios de una negociación destacan el valor de las costas argentinas como "plataforma de tierra" para la explotación petrolera en las islas, donde Chile, Brasil y Uruguay rivalizarían con la Argentina. Como se ve, la "solidaridad continental" de los gobiernos capitalistas está condicionada a una política entreguista de los recursos. Obama y la canciller Clinton exhortaron a las partes "a negociar", como en su oportunidad lo habían hecho Reagan y su ministro Haig. Gran Bretaña no puede soltar la presa, cuando la crisis de sus vínculos con la ‘zona euro' amenaza el monopolio financiero de la city de Londres. Como al mismo tiempo Argentina se está quedando sin reservas de petróleo y de gas, como consecuencia de la privatización y mercado libre de combustibles -que los K defienden desde 1992-, la impotencia nacional es completa. Argentina ha quedado a merced de los hidrocarburos de Qatar, una plaza del capital petrolero internacional.
Marcelo Ramal
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